1

Lo que más me sorprendió de la República de Ciudadela no fueron sus frondosas selvas, ni el efecto que las nubes provocaban al reflejarse en las cristalinas aguas de sus lagunas, tampoco el trabajo que la lava, durante siglos, había efectuado en las laderas de los volcanes, ni el espectáculo de aquel cielo en el que explotaban estrellas cual luciérnagas curiosas.
No, no fue eso lo que llamó mi atención.
Lo que más me asombró de la República de Ciudadela fue su proximidad con Ramos Mejía, país que, a juzgar por lejanos recuerdos provenientes de mis estudios secundarios, ubicaba, por lo menos, unas setecientas millas más al norte.

Al llegar a la Agencia de Expediciones, Cacerías y Afines, sin disimular mi estado de excitación al imaginar el comienzo de la gran aventura, le extendí a la empleada el voucher que me habían enviado por correo donde constaba el detalle de los servicios que había contratado.
La empleada, una mujer joven y amable, me indicó que la agencia que había funcionado durante cuarenta y cinco años consecutivos en ese lugar, se había trasladado a otra dirección luego de haber sufrido los estragos del tifón Brahuer que había asolado la región semanas antes.
Miré a mi alrededor y comprendí el porqué de la precaria estructura de la instalación. A decir verdad, me había llamado la atención el que no hubiese afiches con paisajes ni banderines de colores. El lugar se asemejaba más a un puesto de choripán que a una agencia de viajes.
Y era, en efecto, un puesto de choripán.

Un tanto desconcertada, pero con la agudez de mis sentidos intacta, aproveché para sonsacarle información a la empleada con respecto al nuevo domicilio de la agencia, mientras degustaba el producto típico del lugar.
La empleada me ofreció chimichurri, a lo que me negué. La experiencia me indicaba que la ingestión de dicho condimento no era la más indicada en vísperas a una cacería de guanacos, ya que podía producir gases que le indicarían a la presa de la presencia de su cazador.
El choripán duró lo que un suspiro, lo cual me hizo reflexionar sobre la levedad del ser durante un instante que fue francamente insoportable, pero como todo instante, se mantuvo por un brevísimo lapso de tiempo, lo cual hizo que pasara pronto.

Minutos más tarde, la empleada me anotó un número de teléfono que, presumí, sería el de la agencia, y salí rauda a buscar una caseta telefónica. Caminé durante varios kilómetros hasta que di con ella.
Pero el teléfono no funcionaba.
Horas más tarde encontré un locutorio.
Y estaba cerrado.
Fue en ese momento en el que decidí utilizar mi teléfono celular y llamé.
Me atendió una voz masculina que supuse pertenecía a un hombre de edad mediana y buen estado atlético, a quién le solicité la nueva dirección de las oficinas de la Agencia de Expediciones, Cacerías y Afines con el firme propósito de dirigirme allí cuanto antes para ajustar los detalles pertinentes a tamaña epopeya que estaba a punto de realizar, sin dejar de mencionarle, en detalle, todos los trastornos que me habían ocasionado la mudanza y también exigirle un resarcimiento de tipo económico o moral.
El hombre escuchó atentamente mis reclamos y luego respondió:
—Estimada señorita, lamento no poder complacer sus deseos, pero el teléfono al que usted ha llamado pertenece a la Pizzería Imperial, los reyes de la fugazzeta rellena. No conozco la agencia que usted menciona, pero gustoso puedo ofrecerle alguna de nuestras increíbles promociones. El servicio de delivery ¡ES GRATUITO!
No sin cierta desazón, y teniendo en cuenta que el choripán ingerido en el instante anterior había despertado en mí un apetito voraz, le encargué una chica de muzzarella que venía con dos porciones de faina de regalo; le indiqué la esquina donde me encontraba y me senté a esperar al chico de la moto que me traería el pedido con la secreta esperanza de que supiese algo respecto a la ubicación de la agencia, o, al menos, me orientara acerca del paradero de los guanacos.
El sol comenzaba a esconderse detrás del Pinar de Rocha y por las arenas, bailaban los remolinos.

2

El muchacho de la moto estaba tardando más de los diez minutos que el hombre de la voz del teléfono me había asegurado que demoraría. Comenzaba a impacientarme cuando divisé en el horizonte una figura humana que se acercaba con paso cansino.
Cuando la tuve a unos diez metros de distancia descubrí que eran dos figuras: una humana y otra animal. En el momento en que la figura humana se sentó a mi lado supe que se trataban de un arriero y una vaca.
—Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas —murmuró él
—Eso no es cierto —respondí—, ¿acaso la vaca no es de su propiedad?
—No, no lo es —dijo él.
—Pues entonces, la pena será suya, no nuestra. Lo que es yo, soy muy feliz —le dije—, y lo seré aún más cuando consiga emprender la gran aventura a la que he venido aquí. Por una de esas casualidades, ¿podría usted decirme la ubicación geográfica de la Agencia de Expediciones, Cacerías y Afines?
—No —respondió el arriero, cortando el aire con su monosílabo, en dos mitades claramente identificables. Una de ellas resultaba irrespirable. Al parecer, la vaca o el arriero sufrían de un severo problema de halitosis. La otra mitad olía a Poett lavanda (con notas de eucaliptos y menta), desodorante de ambiente de suave aroma, aprobado por el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) y el Programa sobre Procesos Estratosféricos y su Relación con el Clima (SPARC) por no afectar la capa de ozono.
Me ubiqué en ese sector, hecho que seguramente fue interpretado por el arriero como un gesto de descortesía, ya que a los pocos segundos, luego de proferir bufidos en evidente señal de desagrado, observé como él y la vaquita se iban por la misma senda.
La pena se quedó conmigo apoltronada en mi corazón cual ave de corral crujiente, cosa que me recordó que debía buscar los guanacos para, posteriormente, darles la caza correspondiente. Una bruma melancólica envolvió la esquina de Rivadavia y Kurupí, la visión comenzó a hacérseme dificultosa y caí en una especie de ensimismamiento cetrino del cual me sacaría, horas más tarde, el chico de la moto con su voz jubilosa.

3

—Señorita, señorita, despiértese — dijo en tono suave pero a la vez enérgico—, le he traído su pedido.
—Ah… el chico del delivery —musité yo recobrando un poco, sólo un poco, la fe en la humanidad.
—Se equivoca —dijo él—, y le pido por favor no prejuzgue lo que podría yo entender como menosprecio de su parte hacia mi persona. Si bien soy el encargado de traerle su alimento no soy simplemente "el chico del delivery" tal como usted me llamó, sino mucho más que eso: soy psicólogo, recibido con honores en la Universidad de González Carman y actualmente estoy haciendo un posgrado en La Academia Intercontinental de Anganuzzi, pasando el río Gral Paz. Usted sabrá del renombre de dicha institución.
—No, no lo sé —contesté algo apenada— pero, dígame, ¿en que consiste su posgrado?
—Eso no se lo puedo decir —contestó él ofuscado—, en la pizzería La Imperial, las normas de higiene y seguridad son muy estrictas, no nos está permitido, de ninguna manera, entablar relación con los clientes, más allá de un simple saludo cordial o la aceptación agradecida de una propina.

Acto seguido, el psicólogo me extendió el paquete con la mano izquierda, haciendo con la otra mano un claro gesto de demanda, cual mendigo en el andén.
Recibí el paquete y de inmediato hurgué en mi bolso en busca de algunas monedas.
Pero monedas no había, por lo cual le extendí un pequeño papel en el que escribí con caracteres caligráficos impecables: "vale por una suculenta propina a cobrar a la brevedad".
El muchacho recibió la nota y al leerla, una lágrima de emoción recorrió su mejilla. Guardó el papel en su mochila, saludó con una sonrisa encendida y se subió a la moto a continuar con la entrega de pedidos.
—Espere —grité desesperada—, necesito hacerle una pregunta, es usted el único ser humano amable con el que me he topado en este día aciago y, teniendo en cuenta sus títulos académicos también agregaría, el único profesional. Tal vez pueda ayudarme a encontrar la Agencia de Expediciones, Cacerías y Afines.
—¿La qué? —dijo él con extrañeza.
—La Agencia De Expediciones, Cacerías y Afines.
—Lamento no poder ayudarla. Lo más parecido a una agencia que conozco es La Agencia de Apolonio Klinky, sita en Los Estados Unidos de Viturro. Queda a 2000 leguas de viaje submarino, creo que la pietronave la deja bien, tal vez allí puedan orientarla.
—No sé como agradecerle —le dije emocionada.
—¡Faltaba más! Para esto estamos los psicólogos, para el estudio de la mente y del comportamiento humano abarcando todos los aspectos de la experiencia del hombre. De todas maneras, mis honorarios son de cincuenta pesos por sesión.
—¿Pero de qué sesión me está hablando? Sólo le hice una simple pregunta de asesoramiento que usted respondió, pensé que con desinteresado altruismo y amor universal.
—Tiene usted razón en lo de mi cualidad benévola, pero, comprenda, no en vano quemé mis sesos en la facultad y, por otra parte, aunque mi aspecto sea el de un joven mancebo apolíneo, tengo en realidad cuarenta y siete años y una familia numerosa que mantener.
—¿Sí? ¿Cuántos hijos tiene?
—Tengo tres en edad escolar y dos en edad de merecer —contestó, mientras sacaba de su billetera unas cuantas fotos de niños de cabellos de ángel y miradas inocentes y claras como el firmamento de Bella Vista. Y esta es mi esposa, se llama Claudia y se parece mucho a Caramelito, ¿verdad?
A esta altura ya no me sentía con fuerza para contradecirlo. Miré mi reloj y comprobé que ya habían pasado más de los cuarenta minutos correspondientes a la sesión, según convenio (celebrado en 1947 entre el Ministerio de Salud de la Nación y las Unidades Académicas de Psicología de Universidades Nacionales, Regionales e Interestales), y revolví mi bolso buscando un billete de cincuenta pesos.
Pero billete no había, por lo cual recurrí al anterior ardid del vale que el muchacho guardó con ilusión junto al que le había dado anteriormente.
—Continuamos en la próxima sesión —dijo de modo casi inaudible porque la moto había arrancado y, según mi criterio tenía serios problemas de carburación. Esto lo deduje al ver el humo negro y espeso que expelía del caño de escape, cosa que me recordó que debía comer mi porción de pizza ante de que se enfriara.
Pero la pizza estaba fría.

4

Oteo(1) el horizonte.
El horizonte está aproximadamente a cuatro mil seiscientos veinte nueve coma siete kilómetros de distancia. No hay un alma alrededor mío y un profundo estado de aislamiento desértico me invade, comienzo a creer que he sido víctima de un timo, que la Agencia de Expediciones, Cacerías y Afines no es real, que no existe el tour contratado, que no se organizan por estos lares cacerías, que no hay guanacos, que jamás los hubo, que dicho animal es sólo producto de mi imaginación.
Sin embargo, algo en mi interior, una cierta paz espiritual que se contrapone cual brutal contrincante de batalla a una sensación de nerviosismo, fatiga y malestar estomacal, me hacen percibir que, mientras mis signos vitales funcionen y la consciencia de mi Yo — nacida en el momento que existe en el cerebro una región especializada para razonar las diferentes formas o maneras de cumplir un objetivo y de evaluar los recursos del Ello—, establece un vínculo entre el Ello y el Superyo, factor que permite el consumo de energías y recursos que necesito para saber que mi noción de existencia es inherente a todo ser vivo que posea un cerebro capaz de desarrollar una mente. Ergo, existo como ser viviente y no único, ya que he tenido en las últimas horas comprobación fehaciente de la presencia de otros congéneres con sus propias formaciones físicas, morales y mentales con sus aditamentos psíquicos: mujer de la agencia, arriero, vaca, motopsicólogo ( por orden de aparición).
Por lo tanto, hay vida en Ciudadela, no es posible que todo sea consecuencia de un mero espejismo de mi discernimiento y también sería factible la vida de más personas y animales; asimismo la certeza de que haya una Agencia de Expediciones, Cacerías y Afines, que la dificultad por encontrarla sólo sea una prueba más de que una fuerza superior signa mis pasos y que, a fin de cuentas, lo barato sale caro y lo que cuesta vale.

Aproximadamente a unos ciento veintidós kilómetros puedo divisar una ancha avenida por la que pasan autobuses, taxis, remises, motocicletas, jet skis, windsurfistas, trenes, camiones y tractores, tanta fuerza, tanta fuerza.
Ante mis binoculares (regalo perpetrado por mi tío Alberto momentos antes de fallecer, con la firme promesa de ser utilizado en cada oportunidad que fuera necesario, especialmente cuando la visión se viera dificultada por distancias extensas u obstáculos inexpugnables) la vida se exhibe como un radiante prisma que despliega todas las combinaciones posibles de colores, la flora y la fauna en un festejo pantagruélico donde el renacer tiene su esencia y forma, donde la paz y la concordia son plausibles y no meras utopías, donde el bien triunfa por sobre la infamia de los dictadores, los asesinos seriales y los odontólogos.
Con entusiasmo renovado recojo mis petates y comienzo a caminar en dirección sudeste, posición que conozco merced a una brújula, regalo que mi madre me hizo en su lecho de muerte con la justa restricción de no separarme jamás de ella y utilizarla en cuanta ocasión lo ameritase, sobre todo, en las que requiriesen información respecto a ubicaciones geográficas.
Con la sonrisa a flor de labios comienzo el largo periplo que me conducirá a la ansiada parada de la Pietronave.


5

Nomás recorrer los primeros diez y nueve kilómetros empecé a sentir un cansancio fuera de lo común en mí, ya que poseo un estado físico inmejorable debido a mis años de duro entrenamiento en el Instituto de Pugilismo Rosenfeld, sin embargo mis piernas comenzaron a marchar en forma errática y zigzagueante, mis brazos no acompañaban en forma coordinada los movimientos del resto del cuerpo y estos síntomas hicieron que me dispusiera a reposar tendida bajo la sombra de un abedul.
Ensimismada en mis ensoñaciones, imaginaba el momento en que llegaría a la Agencia de Apolonio Klinky para saciar mis inquietudes respecto al paradero de la Agencia de Expediciones, Cacerías y Afines, cuando escuché un débil sollozo que provenía de algún resquicio recóndito de la copa del árbol.
Me levanté sobresaltada con el fin de averiguar a quién pertenecía el llanto, el porqué del mismo y , en la medida de lo posible, hacer algo para aliviar tanto dolor desgarrado.
El abedul tenia entre diez y treinta metros, sus hojas eras simples, romboidales y de cuatro a seis centímetros, sus ramas flexibles de corteza blanquecina y sus florecillas pequeñas, de la especie diclino monoico, con amentos amarillos o verdes, de forma esferoidal, de veinte a veinticinco centímetros de diámetro y superficie finamente granulada.
Treparme por las ramas no parecía empresa viable. Afortunadamente, mi padre, un instante antes de descerrajarse siete tiros en la sien (de los cuales sólo uno fue el que lo llevó hacia la vida eterna) me había obsequiado una escalera retráctil/extensible (según necesidad del momento), bajo mi solemne juramento de utilizarla en cuanto momento requiriese de la misma, especialmente en lo referente a escalar o descender alturas mayores a diez metros.
A la altura de aproximadamente unos ocho metros, inconmensurable fue mi estupor al ver que el propalador de aquellos gemidos, no era un ser humano sino un ave cuyos graznidos semejaban un lamento descarnado, mi asombro no fue por el hecho de que fuese un pájaro sino porque el ave era nada más ni nada menos que un urutaú y mis conocimientos en ornitología, botánica y lírica uruguaya, confirmaban que esta especie sólo llora en las ramas de un yatay y no en alguna de las variedades de abedules.
Los hechos incoherentes que se sucedían en la república de Ciudadela, contrariamente a lo que provocarían en cualquier cristiano débil y pusilánime, no hacían en mí más que generar una curiosidad extrema por develar todas las incógnitas y paradigmas que se me presentaban como si de un juego de ingenio y estrategia se tratase mi travesía por el lugar.

Pensé que el ave, al pertenecer al reino animal, tal vez tuviera algún tipo de dato que pudiera ayudarme a encontrar a los guanacos e ipso facto hallar a los miembros de la expedición para sumarme a la cacería, no sin antes hacer los reclamos correspondientes como consumidora de un servicio que dejaba mucho que desear.

Llamé al pájaro por su nombre propio, a lo que él respondió con un extenso y demudado sollozo. Intenté animar su espíritu tentándolo con algunas migajas de faina que me habían quedado de la promoción, pero el ave insistía en su manifestación de pena.
Si bien mis nociones en materia de salud se reducían a breves cursos obtenidos en la Cruz Roja que consistían en técnicas básicas de primeros auxilios, reanimación cardiovascular y aplicación de inyecciones a domicilio, no me sentía lo suficientemente capacitada en cuanto a lo que a salud mental concernía. En ese momento rogué por la aparición del motopsicólogo, sólo él, conocedor del alma humana y sus vericuetos más escabrosos podía ayudarme a bajar al pájaro del árbol y darle la asistencia psicológica y la contención moral que necesitaba.
Pero ¿dónde hallarlo? La próxima sesión no había sido confirmada en fecha y hora, era más bien una expresión de deseos, una botella arrojada al mar, uno de esos lugares comunes que se dicen a modo de despedida cuando la intención no es establecer un vínculo duradero y fraternal sino, por el contrario, no volver a verse nunca jamás.
Revisé mis bolsillos buscando el papel con el teléfono de la Pizzería La Imperial, los reyes de la fugazzeta rellena.
Pero el papel no estaba.
Vaya a saber en que hendidura del asfalto, en que baldosa, en que oculto hueco de los zarzales recorridos a lo largo de mi deambular había quedado.

6.

Las ramas del abedul, dada su flexibilidad, me permitieron acercarme al urutaú hasta una distancia de medio metro aproximadamente. Podría haberme arrimado más hasta tocar su dorso pardo y estriado, su ventral grisáceo con líneas y manchas negras, su cola barrada y larga, pero temí que al hacerlo, el pájaro lo tomara como una amenaza para con su integridad física y huyera atemorizado hacia vaya a saber qué otro árbol que lo cobije. Sólo lo miré fijo y le hice algunos gestos que le indicaran mi actitud amigable, señales casi invisibles de son de paz, pero que son conocidas mundialmente en oportunidades en las que no es posible el lugar a equívocos, donde el riesgo de malos entendidos debe ser desechado ya que podría traer aparejadas catástrofes irremisibles.
El pájaro permaneció impertérrito, hecho que me hizo pensar que, o bien mis signos habían surtido efecto, o bien era un pájaro ciego.
—Sé perfectamente lo que está pensando de mí, más se equivoca —dijo el pájaro.
Atónita quedé al escucharlo pero dicha sensación fue superada rápidamente con un ejercicio de lógica. Según mis conocimientos rudimentarios sobre zoología este tipo de ave no pertenecía a la categoría de psitácidos, asi que difícilmente pudiera hablar y eso hizo que pensara que, o bien no se trataba de un pájaro, o bien llevaba escondido en su plumaje algún dispositivo de emisión de sonidos del tipo reproductor, Ipod, mp3, mp4 o incluso radio portátil y alguien, desde algún lugar lejano, estaba controlándolo para gastarme una broma, o lo que sería peor, para quebrar mi férrea voluntad de integrar la cacería de guanacos. Desconfié de los organizadores de la expedición que me habían vendido el paquete por Internet, desconfié también del arriero ya que con su desagradable y rauda partida me había demostrado una gran animadversión hacia mi persona, desconfié también del motopsicólogo, tal vez se había sentido ofendido por mis vales y estaba tratando de atemorizarme para cobrarlos de inmediato.
—Nada de lo que piensa es acertado —dijo el ave— excepto aquello de que no soy un pájaro. Eso es cierto. En realidad soy Cuimaé, un aguerrido cacique guaraní que enloquecido de celos, asesinó a su prometida y su amante y los dioses convirtieron en este ser minúsculo, insignificante y melancólico que anda de rama en rama, como alma en pena hasta purgar la culpa.
—Lo que acaba de contarme me recuerda la leyenda norteña del urutaú.
—Exactamente y, de alguna manera, también hay alguna relación con Shakespeare, precisamente con Otelo, ¿no cree?
—Es posible, pero desde otro punto de vista, digamos desde la perspectiva de la pareja inmolada, encuentro algunas similitudes con Romeo y Julieta, del mismo autor. Usted sabe: chica enamorada de integrante de bando enemigo, diferencias insalvables, problemas familiares, final trágico.
—Es cierto, no se me había ocurrido. Es que me cuesta mucho ponerme en el lugar de los demás.
—Me temo que por ahí hay algún problemita con el Ego.
—¿Cómo sabe? ¿Acaso es usted psicóloga?
—A decir verdad no lo soy, pero tengo un amigo reciente que sí lo es, incluso, creo que debiera usted acompañarme en mi travesía, que juntos podríamos buscarlo porque sé, lo supe desde que lo escuché lamentarse qué sólo él podría ayudarlo.
—De mil amores la acompañaría, pero no se olvide que, a pesar de ser en realidad un guerrero, mi forma física es la de un ave, por lo tanto también lo es mi comportamiento libertario. No es mala onda, pero dudo que pueda refrenar mi impulso de volar, es instintivo.
—Eso tiene solución. Casualmente, en mi valija llevo una jaula desarmable, regalo de mi prima Leticia, un momento antes de suicidarse arrojándose a las Barrancas de Belgrano, con mi promesa de utilizarla en caso de encontrar un pájaro que realmente la necesitara. Y este es el caso, sin ninguna duda.
—Si bien es cierto que mi depresión necesita ser tratada por un especialista, no sé si me sentiré cómodo dentro de una jaula, no se ofenda, pero no puedo aceptar su proposición.
—Es que usted no ha visto la jaula. Es aerodinámica, ergonómica, posee dos ambientes (a la calle) con balcón, cocina completa, baño con jacuzzi y ducha escocesa, baulera y dependencias. Además viene totalmente amueblada, con accesorios extras como televisión satelital, reproductor de dvd, servicio de mucama, lavadero, pileta climatizada en el invierno, play room, sauna seco, gimnasio, microcine, internet inalámbrico, y lo más importante, es en un primer piso por escalera, lo cual hace que las expensas sean ¡una ganga!
—No hay más que hablar. ¡Venga esa jaula!

7.

Trasladar la jaula era una empresa casi imposible. Por fortuna, contaba yo con cuatro neumáticos F-570 (regalo de Niki Lauda momento previo al fatal accidente del Grand Prix de Alemania en 1976 en el que no sólo perdió el título sino gran parte del cuerpo, producto del avasallador efecto de las llamas) diseñados para obtener la mejor performance en diversos tipos de vehículos. Si bien estos no se ajustaban perfectamente a las características de la jaula, con un poco de maña me las apañé para adaptarlos y conseguí buenos resultados en cuanto a seguridad de maniobra y estabilidad. Las secciones más anchas facilitaban el equilibrio entre los ejes y respondían rápidamente a las exigencias de la dirección tanto en piso seco como en mojado, particularidad en la que puse especial cuidado ya que el cielo anunciaba tormenta y el camino de ripios del Valle de Simonovich, que debía atravesar hasta llegar a la avenida, eran muy peligrosos.
Ayudada por una cadena metálica de gran dureza y resistencia al desgaste para soportar las severas condiciones abrasivas y de impacto, amén de las climáticas, pude trasladarme con comodidad por ese sendero escarpado y hostil.
Mientras cruzaba el Puente de Madison Square Garden que une la vieja Estación Ferroviaria Luis Bardamu con la entrada de los jardines de la Catedral Nuestra Señora de las Hormigas Laboriosas, divisé, a unos siete kilómetros una figura que con alguna parte de su cuerpo hacía gestos en evidente señal de auxilio.
A juzgar por el silencio reinante supuse que el urutaú estaría durmiendo, o bien disfrutando de alguna de las bondades de las instalaciones, razón por la cual decidí no molestarlo con explicaciones y dejar la jaula aparcada, de modo de poder ahorrar tiempo en mi acción de salvataje.
Al llegar al frondoso bosque que albergaba a la persona en peligro, observé que no se trataba de un ser humano sino de un zorro que se escondía bajo un manzano.

—¡Buenos días! —dijo el zorro—. Sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible a los ojos.
—¿Quién sos? —pregunté, como para entrar en conversación, y agregué— ¡Qué bonito pelaje tenés!, sabiendo que no hay mejor manera de presentarse ante un desconocido que con un halago. Nadie puede resistirse al hecho de que le soben el ego.
—Soy un zorro —dijo el zorro.
—Necesito hablar con vos —le pedí—, ¡preciso que alguien me oriente!
—No puedo hablar —dijo el zorro—, no estoy domesticado.
—¿Qué significa "domesticar"?
—Veo que no sos de acá —dijo el zorro— ¿qué andás buscando?
—Busco la Agencia de Cacerías, Expediciones y Afines —le dije—. ¿Qué significa "domesticar"?
—Los hombres —dijo el zorro— tienen escopetas y cazan. ¡Es muy molesto! Pero también crían gallinas. Es lo único que les interesa. ¿Buscás gallinas?
Cuando escuché las palabras "hombres" y "escopetas" una luz de esperanza invadió mi corazón desalentado.
—En realidad busco a los hombres con sus escopetas —contesté, sabiendo que si había alguien que conocía de caza, ese era mi zorro y, por otra parte, que debía inventar alguna estrategia para convencerlo de que estaba de su lado— Por cierto, no contestaste mi pregunta, ¿qué significa "domesticar"?
—Es una cosa ya olvidada —dijo el zorro—, significa "crear lazos". Vos no sos para mí todavía más que una mujer igual a otras cien mil mujeres. Y no te necesito. Tampoco vos necesitás de mí. No soy para vos más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si me domesticás, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Vos serás para mí única en el mundo, yo seré para vos único en el mundo.

Por una de esas cosas del azar, larga historia que no haría más que aumentar la extensión de este relato y, por tanto omitiré, llevaba yo en mi bolso de mano una soga de alpinismo, de importante firmeza y grosor que perfectamente podría servir de "lazo" ¿O acaso no era esto lo que el zorro estaba pidiendo?
Con movimientos ágiles y veloces logré embocar la cuerda en el pescuezo del animal.
Si bien nuestra relación era reciente, desde el principio sentí que algo especial se había forjado entre el zorro y yo y si había algo que me molestaba sobremanera era que me consideraran "una más entre cien mil". Me sentí terriblemente decepcionada e incluso ofendida.
—¿Así que querés que te domestiquen? —le dije al zorro mientras, desesperado, intentaba librarse de su atadura—, lo pedís, lo tenés.

8.

Caminamos largas horas por un campo de lavandas anchas y fibras ópticas perfumadas. Mi brújula se había quedado sin pilas, por lo que tuve que recurrir a la posición del sol para hallar el camino hacia la jaula donde dejé, no sólo al pájaro, sino también parte de mis pertenencias.
Pero el sol brillaba por su ausencia(2).
Como podrán recordar de capítulos anteriores, el cielo anunciaba tormenta, aunque ésta no terminase de desplegarse.
Fue quizá por este motivo que perdimos el rumbo y en lugar de dirigirnos hacia el Puente de Madison Square Garden, nos trasladamos en sentido contrario y como si de un dejà vous se tratara, aparecimos nada más ni nada menos que en la puerta del puesto de choripán, cosa que ciertamente me alegró ya que hacía varias horas que mi estómago crujía cual rama seca crepitando en el fuego.
—Te invito un choripán —le dije al zorro
—Soy vegetariano —contestó él.
—Comprendo que estés algo molesto conmigo ya que mis métodos no han sido todo lo ortodoxos que hubiese deseado, pero debes comprender que el único modo de domesticarte, dado que no poseo una voz masculina firme y severa que te introduzca al "no", fue demostrándote quién lleva los pantalones en esta relación.
—Sí, pero me malinterpretaste. Cuando yo hablaba de domesticación no me refería a prácticas sado-masoquistas, cuando dije "crear lazos" me refería a forjar sentimientos nobles y puros el uno para con el otro, cuando te saludé...
—Callate la boca, zorro de mierda si no querés que además te deje acá afuera, muerto de hambre y a merced de los hombres con escopetas.

Ingresamos al negocio y una voz masculina, ronca y hostil nos dijo:
—Está terminantemente prohibido ingresar al local con animales y/o, niños y/o plantas.
—Discúlpeme, buen señor, pero no se trata de un animal cualquiera sino de un zorro domesticado, de buenos modales y gran corazón.
Miré al zorro y le imploré con los ojos que hiciera algo para corroborar mis dichos.
Pero el zorro no hizo más que rascarse el vientre con sus patas traseras en clara señal de desidia y actitud de notable rebeldía.
Supuse que el hombre del negocio se estaba impacientando, ya que golpeteaba con los dedos sobre el mostrador en obvio signo de nerviosismo, por lo que decidí sacar al zorro del lugar y dejarlo atado a un poste de alumbrado con la promesa de volver en pocos minutos y traerle un poco de agua, una hogaza de pan y una ensalada mixta, buena intención que el zorro ni siquiera agradeció.

—¿Qué va a llevar? —preguntó el choripanero
—Un choripán con salsa criolla, un agua mineral, una hogaza de pan y una ensalada mixta sin aderezar (no sabía cuáles eran las preferencias del zorro, si aceite de oliva, si aceto balsámico, si pimienta, si limón, por lo que consideré que sería mejor llevarle la ensalada a secas y luego volver por los condimentos elegidos)
—Siento mucho no poder complacerla, pero esta no es una casa de comidas, sino una cerrajería.
—¡No es posible! Estuve aquí hace algunos días y una mujer muy amable me preparó un choripán delicioso, además de brindarme una información errónea respecto a “algo” que yo estaba buscando.
—Sí, supongo que sería mi mujer. Falleció anoche en circunstancias extrañas. Esta mañana me sentí tan apesadumbrado al ver el lugar y sus enseres. Todo me recordaba a ella: la freidora, el freezer, el delantal de cocina, las servilletas, la cuchilla con la que le corté el gañote, el termotanque, las canillas, la fregona y aquel tapado de armiño todo forrado en lamé, que su cuerpito abrigaba al salir del cabaret –dijo el cerrajero con voz melancólica.
—Lo siento tanto, créame, pero… ¿qué hizo con el fondo de comercio?
—Lo publiqué en Mercado Libre, esta mañana se llevaron todo, cadáver incluido.
Un poco impresionada, pero sin querer demostrarlo por miedo a que ese ser despreciable, capaz de las peores atrocidades y los crímenes más aberrantes, atentara contra mi integridad física, le seguí la conversación disimulando un interés inexistente:
—Mercado libre…donde comprar y vender de todo. Supongo que habrá hecho un gran negocio.
—Por el contrario, fue pésimo, pero no me importa, ahora tengo lo que quiero: mi propia cerrajería y mi libertad, el control remoto del televisor, la cama entera para mí; puedo leer en el baño durante horas, no debo preocuparme por levantar ni bajar la tabla del inodoro, tampoco por dejar las medias debajo de la mesa.
Usted no sabe lo que era esa mujer. Una arpía.

Una poderosa sensación de repugnancia invadió todo mi ser y la sola idea de ingerir bocado alguno me produjo arcadas. Aquel hombre, a pesar de que tenía más razón que un santo, no dejaba de ser un asesino y, al haberme confesado su delito, me había convertido en su cómplice.
La sensación de peligro, el desamparo y la sempiterna soledad existencial se apoltronó detrás de las desiertas Estepas de Bulgarelli y súbitamente observé que el mar se retiraba de la costa bordeando toda la bahía. (3)

9.

Aviso al lector:

La protagonista de esta novela, la señorita que contrató el servicio de la Agencia de Expediciones Cacerías y Afines y está atravesando circunstancias inauditas por lo farragosas y descabelladas, dice que hoy no tiene ganas de seguir contando los entretelones emocionantes de su aventura, ya que está en “esos días” y su malhumor es tan insoportable que ni con Ibuevanol, ni con Paroxetina le sacan hoy una mínima descripción de los hechos. También dice que no puede con todo, vivir los acontecimientos, que son de por sí bastante frustrantes y agotadores y, además escribirlos.
Es por esta razón que me pide a mí que prosiga el relato, de modo de no perder continuidad y, fundamentalmente, por hallarse ella (la protagonista) en una situación de “riesgo”, ya que se encuentra nada más ni nada menos que compartiendo un espacio físico y temporal con un serial killer peligrosísimo.
Así que me presento:
—Buenas tardes, soy el Narrador Omnisciente y he venido aquí a continuar el palpitante relato de los hechos:

Trata de disimularlo pero está nerviosa, sabe que se encuentra en peligro, pero a la vez cree que el cerrajero puede serle de utilidad para recabar algún tipo de información útil a los fines de encontrar a los responsables de la expedición, o en última instancia, a los guanacos y es por eso que entabla una larga conversación donde ambos departen acerca de diferentes cuestiones que yo sé perfectamente, porque por algo soy omnisciente, pero ustedes, los lectores no tienen por qué conocer y además no vienen al caso. O sí vienen, pero como vienen se van.
El cerrajero, entre otras actividades de menor envergadura, se dedica, desde hace algunos años al tráfico de armas —y dicho sea de paso, mientras habla con la agraciada señorita que le cuenta con desesperación la génesis de sus problemas, nota como la enverga va poniéndosele dura, hecho este que no lo sorprende, ya que, además de asesino, traficante, cerrajero, ex estudiante y ex marido, posee un amplio prontuario como abusador de señoritas desesperadas por la génesis de sus problemas, y también por los problemas en sí mismos—.
Trata de disimular su estado de excitación parapetado detrás del mostrador, pero su mirada libidinosa no puede mentir, hecho que la señorita nota y hace que se sienta un poco molesta. Sin embargo, acostumbrada a lidiar con acosadores de todo tipo y factor por haberse dedicado en sus años mozos a la profesión de vedette y más atrás, a la de maestra de escuela, mantiene la compostura y logra, con sus encantos naturales, ir llevando los acontecimientos al puerto deseado. No sólo le interesa toda información de utilidad que el cerrajero pueda brindarle sino también la compra de armas. No olvidemos que las valijas donde está su arsenal de campaña destinado a una cacería exitosa han quedado en la jaula. Y la jaula se encuentra a miles de kilómetros de esa bahía desolada.
Luego de intensas negociaciones, donde no faltan los regateos, las idas y vueltas, las insinuaciones deshonestas y también alguna que otra risa espontánea provocada por chistes ocasionales inducidos, seguramente por la inquietud que genera la situación de alta tensión, logran realizar una transacción conveniente para ambas partes y se prometen mutuamente volver a verse para tomar un café o compartir un espectáculo de tango.
(Los detalles privados de esta escena no son de la incumbencia del lector, pertenecen a la intimidad de los personajes y no seré quién vaya a develarlos, porque no es mi rol el de chusma de barrio que se regodea con los comportamientos escabrosos de los demás, pero lo que puedo decir es que en ese local se vivieron momentos de hondo contenido erótico y lenguaje adulto).
Ella le da la mano como saludo de despedida y él le sonríe y le entrega un llavero a modo de souvenir que dice: "Bienvenidos a Cerrajería La paz – Gracias por su visita" donde consta la dirección del establecimiento y su numero telefónico.
La mirada del cerrajero ya no refleja la inmundicia de sus obscenos pensamientos sino que esta empañada por un velo de lágrimas típicas de un amor profundo y abatido ante la perdida de su objeto de pasión. Presiente que con Ella se irá su última oportunidad de redención. Asimismo, Ella siente una extraña sensación en el estómago, que atribuye a la cantidad de horas que han pasado desde la ingestión del choripán que con amorosas manos le preparó la mujer del cerrajero, días antes de morir asesinada y piensa, de inmediato, que esta relación —que, si bien es incipiente y comenzó por cuestiones de negocios—, no deja de ser una brecha hacia una historia de amor sincero e intenso.
A punto está de demostrar sus sentimientos cuando comprende que no debe adelantarse, que no puede permitir que la ansiedad de tenerlo en sus brazos musitando palabras de amor la detenga del rumbo trazado y que la vida tendrá sus formas caprichosas de cumplir con lo escrito en el Libro Gordo del Destino. Si han nacido el uno para el otro, volverán a encontrarse en alguno de los intrincados vericuetos del camino.
Un poco apesadumbrada pero satisfecha por su inquebrantable voluntad y, sobre todo, por la compra ventajosa que hizo, se aleja por la puerta y detrás de ella, el cerrajero emite un tenue adiós y reacomoda su paquete cachondo, que a esta altura no hace más que intentar escapar del overol cual si de un toro farnesio se tratase, y decide que la esperará por siempre jamás.
Aprovechando ese momento de solaz y esparcimiento, el zorro está durmiendo en la vereda y cuando Ella se acerca despierta sobresaltado y comienza a mover la cola alegremente.
Ella le dice: —vamos, tenemos una larga travesía por recorrer, pero antes quisiera detenerme un rato a observar el paisaje de la bahía, necesito reflexionar, acomodar mis emociones y descansar un rato, amén de encontrar un kiosco para comprar, aunque sea un alfajor o un paquete de criollitas— y él la sigue como corresponde a un buen zorro que se precie de domesticado.

10.

Nos sentamos a contemplar el violento vaivén de las olas impactando en las rocas de la bahía, esa particular extensión de mar adentrándose en la tierra como si fuera unos inmensos brazos dispuestos a darnos su cobijo. Por la constitución del pedregullo pude observar que había sido originada por una depresión tectónica ocurrida durante el cenozoico, época en la que aún no existían los maxikioscos. Mi ilusoria esperanza de conseguir algún alimento se fue desmoronando cual castillo construido con esas blancas arenas producto de la acumulación de sedimentos, efecto de la dinámica local del oleaje.
Lo más parecido a comida era un diminuto cangrejo que asomaba desde un montículo de desperdicios que la marea de la noche anterior posiblemente había dejado allí
Al verlo, el zorro salió disparado, su instinto salvaje y asesino se manifestó en su mayor expresión. Desesperada, me abalancé sobre él con la intención de evitar una catástrofe de consecuencias nefastas tanto para la psiquis del zorro —recordemos que el animal era vegetariano y ese acto vandálico echaría por tierra sus más férreas convicciones, sin tener en cuenta la tremenda culpa que en él engendraría—, como para el cangrejo mismo y todo el ecosistema en su conjunto.
El zorro me miró implorante, tenía hambre, posiblemente mucha más que yo que había comido aquellas porciones de pizza que ahora, producto de la idealización propia de los recuerdos, se me antojaban el más exquisito de los manjares.
Yo era responsable del zorro. Uno es responsable para siempre de lo que ha domesticado. Fue por eso que decidí liberarlo y acto seguido, el animal, con movimientos veloces y diestros se zampó al cangrejo, acompañándolo con restos de algas, huevos de asteriones, cáscaras de naranjas y restos de yerba que algún malaprendido había enterrado en la arena sin tener en cuenta los botes de basura que el Ayuntamiento de la República de Ciudadela había colocado en pos de una playa limpia y organizada.
Medianamente satisfecho, apenas fortalecido para continuar el camino, el zorro, con su patita anterior me señaló una imperceptible formación que se encontraba en dirección noroeste, a unos sesenta y ocho kilómetros de distancia aproximadamente.
Binoculares mediante, pude divisar un refugio que presumí podía ser la parada de la Pietronave. Exaltados, corrimos atravesando verdes esteros, áridas estepas, desoladas rutas, hasta que llegamos y vimos que se trataba, efectivamente, de la parada de la Pietronave.
Las cosas comenzaban a tomar un cariz que me hacía pensar que la lucha no era vana, al fin algo salía según lo planeado.

11.

En la garita había un cartel de fondo celeste y letras rojas que rezaba “Parada de la Pietronave”. No cabía duda alguna, habíamos llegado al sitio donde empezaría la solución a nuestros problemas. Debajo del mismo se exponía una serie de carteles más pequeños, con diferentes combinaciones de colores de fondo y letras que transmitían disímiles y minuciosas informaciones referidas a ese medio de transporte: horarios, ramales, recorridos. ¿Cuál sería el color de cartel correspondiente a la Pietronave que me conduciría hasta la Agencia de Apolonio Klinky? En ninguno de los detalles de los recorridos figuraba tal lugar, por eso resolví parar cada una de las unidades que pasaran y preguntarle a los respectivos conductores.
Pero ninguna unidad pasaba.
Me resultó extraño, según mi almanaque de bolsillo, estaba transcurriendo el día miércoles 16 de febrero del año en curso, día hábil y laborable. No había recibido yo noticia alguna de la realización de un paro de transporte, a menos que éste fuera sorpresivo, cosa que dudaba ya que, según los últimos índices dados a conocer por las organizaciones gubernamentales dedicadas a tales fines, el superávit había crecido notablemente, el riesgo país era nulo, el producto bruto interno había aumentado en forma considerable, los sueldos (especialmente en el gremio del transporte) gozaron de importantes mejoras y no encontraba ningún motivo de disconformidad por parte de los trabajadores.
Horas más tarde, una luz de esperanza iluminó mi corazón y también la ruta: la Pietronave, cartel verde con letras negras, ramal 4 se acercaba a paso lento.
Las ruedas chirriaron con estrépito. Era evidente que los dueños de la empresa de transporte no se interesaban por el mantenimiento de sus coches. Por un momento tuve miedo de que se tratara de una de las Pietronaves clandestinas, tan comunes en las rutas argentinas hasta el fin.
—¿Va a subir o no? —preguntó el chofer —, no tengo todo el día.
—La noche, querrá decir. A juzgar por la deslumbrante luna, las estrellas refulgentes y la oscuridad producto de la ausencia de luz solar debida al movimiento de rotación que efectúa la tierra girando sobre sí misma a lo largo de su propio eje, dando una vuelta completa de veintitrés horas con cincuenta y seis minutos y cuatro segundos...
—Es cierto eso que usted dice —respondió el chofer—. Si bien mis conocimientos sobre geografía, astronomía y física son escuetos, debo reconocer que, ciertamente, es de noche. Le pido mil disculpas por mi error y prometo no repetirlo. ¿Va a subir o no, entonces?
—No estoy segura. Antes quisiera hacerle algunas preguntas, temo que no sea esta la Pietronave indicada. Vamos hasta la agencia de Apolonio Klinky. ¿Nos deja bien?
—No, señorita, este es el Ramal 4 y usted debe tomar el 6 cartel borravino, pero lamento informarle que, por falta de usuarios, se ha restringido el servicio a un viaje semanal y, casualmente, la unidad a la que hago referencia pasó ayer a las diez de la noche.
—¿Y usted no me acerca ni un poco? —contesté desolada.
—Mi recorrido está claramente detallado en el cartel que se encuentra detrás de usted, el violeta con letras amarillas. Voy de Liniers a Estambul haciendo diferentes escalas, pero ninguna en el lugar que usted menciona.
—Busco un lugar donde organizan cacerías de guanacos —le dije al borde de la desesperación más descarnada.
—¡Haberlo dicho antes! Eso es en la República de Ciudadela. Suba que en no más de cinco horas la dejo a diez kilómetros de la frontera.
—¡Vamos! — le dije al zorro— al fin encontramos a alguien que nos de claras precisiones y ayude en la travesía.
—Lo siento, señorita, está terminantemente prohibido subir a la unidad con animales. Si por mi fuera la dejaría, pero la ruta está plagada de inspectores, se esconden en los lugares más inusitados para sorprendernos "in fraganti" ante la menor trasgresión a las reglas de la empresa. De mil amores haría la vista gorda, pero, créame, no estoy en condiciones de perder mi puesto de trabajo, máxime con los enormes beneficios que éste me reporta. Y cuando digo beneficios no me refiero sólo a las ventajas económicas, sino a las morales: el trabajo dignifica —dijo henchido de emoción y orgullo.
—Está bien, buen hombre, no se preocupe, comprendo perfectamente.

El zorro me miró con tristeza. El momento de la despedida había llegado y una lágrima tímida recorrió mi mejilla.
—Adiós, amigo, sé que en algún intrincado vericueto de este largo y azaroso deambular, volveremos a encontrarnos —le dije
—Adiós —contestó el zorro.
Desde la ventanilla lo vi correr con regocijo por los Henos de Pravia y el penacho de su cola parecía saludarme. Saqué un pañuelo de mi bolso y me soné la nariz.


12.

La estructura de los asientos del Pietronave, tapizados en fina piel de yarará, estaba diseñada con madera de guatambú, material ideal para otorgarles la cualidades ergonómicas, biométricas, antropomórficas, biomecánicas y de operatividad que, según estudios detallados de leyes físicas aplicadas al hombre, resultaban un magnífico soporte de la carga física y postural y ayudaban a paliar la fatiga muscular.
El ambiente era propicio para el relax, la meditación trascendental y todo tipo de terapias alternativas: hilo musical con cantos gregorianos y música celta, luces sutiles conformadas por bombillas rojas y azules intermitentes y un suave perfume a madréporas e inciensos del Cairo, combinación que, a juzgar por especialistas orientales, era especial para el auto conocimiento, el descanso del espíritu y el dolce far niente.
Todas estas comodidades amalgamadas en forma tan precisa provocaron que cayera en un sopor intenso y embriagador. Mis ojos se cerraron y el mundo siguió andando.
Y soñé:
Pantagruélicos templos de piedra que no alimentaban otra cosa que curiosidad, diseminados por un descomunal parque de acacias petrificadas. Cada uno de ellos tenía sendas puertas y yo penetraba en todas ellas recorriendo senderos de jardines que se bifurcaban , unos a salones de diversos colores, totalmente vacíos, otros que llevaban hacia escaleras mecánicas o manuales que conducían a pintorescos miradores.
Pero, de todas las puertas, hubo una que me sedujo particularmente ya que estaba confeccionada con lana de vicuña. Por alguna caprichosa razón de mi intuición supe que al traspasarla encontraría respuesta a los más intrincados enigmas de mi viaje.
Al abrirla, un aroma a donuts rellenos con crema pastelera me acarició el sentido olfativo. Sentía hambre y era lógico que así fuera. No tenía la más mínima idea de cuánto tiempo había transcurrido desde que comí aquella pizza que el motopsicólogo me había traído, pero calculé a grosso modo que no habían pasado menos de dos semanas.
Si bien estaba sumergida en un sueño profundo, mi estómago diferenciaba perfectamente lo onírico de lo real.
en ese momento lo vi, como una aparición divina. Estaba sentado en un amplio sillón de cuero ecológico con apoyabrazos y sistema giratorio. Frente a él había un diván donde se desparramaba la figura de un ser que, presumí humano, al ver que parte de sus pies sobresalían del cómodo sofá. Era evidente que el motopsicólogo estaba atendiendo a uno de sus pacientes y que el interior del sagrado coloso pétreo, presumiblemente de origen tolteca, no era más que el consultorio del mismo.
El destino así lo había querido. Él y yo juntos otra vez en esta travesía indómita.
Sigilosa, me alejé unos metros y me senté en el piso, cerca de una ventana a esperar que terminara la sesión para pedirle un turno y ser atendida por él. Necesitaba, más que al aire, más que alimento, más que cualquier otra cosa mundana, atención profesional pero, por sobre todo, alguien en quién confiar.
Desde la ventana, la cordillera de los Estados Unidos de Viturro se desplegaba con todo su esplendor y el sol asomaba en el poniente.


(continuará)

Notas de la autora:
(1)Notará el lector que en esta instancia se ha cambiado en forma abrupta el tiempo verbal del relato, lo cual no es un craso error de concordancia sino un meticuloso plan que, a fines estilísticos, produce un efecto flash-back muy en boga en toda teleserie que se precie de tal. Agradecería que, secciones anteriores, sean leídas en tonos sepia y ésta, la del día de la fecha, en RGB o pantones, según uso.

(2)Que el sol "brille" por su ausencia, puede parecer un contrasentido y, efectivamente, lo es. Sucedió que debí corregir el exceso de "habías" y no se me ocurrió mejor manera, al no haber sol se supone una ausencia de sol. ¿Y qué es aquello que brilla por su ausencia? Es eso que no está, que no es, que no hay. De todas maneras este detalle carece de total importancia ya que es vox populi que aunque no lo veamos, el sol siempre está, por tanto, siempre brilla y así sucesivamente.

(3)Esta frase ha sido obtenida de Zona Tomada no como vil plagio sino haciendo uso del recurso de intertextualidad homenajeante que tanto bien nos hace a los argentinos y respetando todos los derechos que la Licencia Creative Commons confieren

entrada de La Luc a las 11:36


De hoy en adelante me propongo ser un escritor asequible, y no sólo por el bajo precio que ahora tengo en el mercado, sino por el profundo cambio que se opera en mi espíritu y en mi voluntad estilística
Juan José Arreola


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